Kóblic – Reseña

Kóblic – Reseña

La conciencia puede llevar a encerrar y acosar con sus mecanismos de recuerdos la cotidianeidad, convirtiendo la vida misma en diversas oportunidades, en una sistemática tragedia.

Este punto crucial y relevante en el devenir de un militar, es aquello que se va abriendo como inmenso abanico para redimir un pasado sombrío y que surge de modo estructural en este film de Sebastián Borensztein, cineasta de amplias virtudes y cuidado técnico, en una obra que posee mucho de cine negro, pasos de suspense y situaciones dramáticas.

La historia transcurre en 1977, año clave en el abordaje del “Proceso de reorganización nacional”, y relata el devenir de un oficial piloto de la Armada, el cual cumplió oficios de piloto en aquella fatídica página histórica en la cual los vuelos de la muerte, se desarrollaban con total impunidad y oscurantismo.

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El piloto en cuestión, decide desertar de la fuerza y esconderse en un pueblito, para así poder resolver el dilema moral que atravesaba su interior.

Toda la acción se desarrolla en un pueblo ficticio llamado Colonia Elena.

Como aquel Colonia Vela, metáfora de lugar ideada por Osvaldo Soriano para su obra No Habrá Más Penas Ni Olvidos llevada al cine por Héctor Olivera, que generaba una representación de la Argentina dividida, silenciosa y no comprometida, la elección del lugar en este trabajo posee una cierta analogía a la visión del mencionado pueblo abrumado por una rutina tediosa, y situaciones a punto de estallar.

Pintura exacta para desarrollar una explicación o reflexión del sistema social imperante en aquellos álgidos momentos. Así emerge un capitán particular que enciende una mecha drástica y elevada, casi sin desearlo.

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El retirado por propia decisión es un personaje casi de western, taciturno y conflictuado, detenido en una situación difícil de sobrellevar, la que de modo permanente recurre a su mente mediante imágenes que le generan un anclaje dentro de un mar doloroso y sostenido, dando pistas de quien es y de que escapa, en permanente batalla con su propio interior.

Dentro de un horror contenido, sobrevienen los flashbacks muy bien logrados visualmente, cuidando el detalle en aquel infierno concebido, y esa cuestión casi instaurada en aquel tiempo en referencia al “ten cuidado con todo, y lo que comente, no lo compartas con nadie”, ese halo tan opresor como el absolutismo de estado, manifestado de modo contundente a lo largo de la obra.

Dirección de fotografía muy cuidada, eximia reconstrucción de época y música compuesta por Federico Jusid, experimentado músico en el metie de bandas sonoras, quien genera un leitmotiv similar a la “Cavatina” que John Williams creó para la inmensa “El Francotirador” desarrollando un clima acorde a la extrema situación, su desarrollo y desencadenante, que posee un giro de tuerca particular, luego de la parte media del trabajo.

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Y un duelo actoral, en el sentido mismo de la expresión, que realza, sostiene y genera atracción.

Dos símbolos de una región sumida en la violencia en toda su concepción.

Por un lado, Ricardo Darín, aportando la credibilidad y profundidad que brinda en cada rol que aborda, sosteniendo la forma y el modo de un Capitán de singularidad expresa, personaje para el análisis real.

Y Oscar Martínez, el encumbrado actor componiendo un papel totalmente diferente a los que comúnmente elabora, dando vida misma a un comisario de localidad pequeña, realizando una interpretación de lujo, desde su caracterización física, su voz y sus modos expresivos, que lo condujo a obtener el premio a mejor actor de reparto en el festival de Málaga.

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Una nueva representación que genera memoria y conocimiento, para no olvidar una época que sostuvo grandes conflictos sociales, humanos y económicos.

Entre 1976 y 1983 la dictadura militar que gobernó Argentina cometió numerosos crímenes de lesa humanidad. Una de las formas más aberrantes para matar, consistía en lanzar al mar prisioneros vivos en aviones militares. Esta metodología se conoce como “Vuelos de la muerte”.

Esta obra de contundencia visual, aplica de modo sistemático, aquel lastre tedioso que supimos padecer. Y homenajea a la memoria de aquellas victimas del terrorismo de estado.


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