Ciudad De Ciegos – Opinión

Ciudad De Ciegos – Opinión

Aviso desde este punto, queridos cinéfagos, que durante 87 minutos seremos prisioneros del descomunal apartamento chilango, repleto de estrellas mexicanas en sus años de lozanía y canciones desgarradoras con saxofón y piano incluidos.

No podría ser de otra forma pues la escenografía, las paredes de ese hogar (blancas, rojas, en remodelación, agrietadas o en cualquiera de sus presentaciones), son la delimitación perfecta para las historias de “Ciudad De Ciegos” (1991) dirigida por Alberto Cortés.

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“Ciudad De Ciegos” (1991)

Plano a detalle de un par de pies, arrasando con el polvo de la acera, entaconados, altivos, elegantes.

Acoso callejero, discreta persecución policiaca, guantes, conjunto negro con falda y saco, collar de perlas, sonidos de avenida y unos labios rojos. La mujer misteriosa (Gabriela Roel) tiene la adrenalina en la mirada, sabe que le siguen. Por ello, con el deseo movido por la clandestinidad, se mete al apartamento, plena de confianza y abre el paréntesis de la destrucción.

Cine coral, cinéfagos, en este caso, alrededor del ya mencionado fragmento de terreno, en las alturas, donde el rock mexa no falta y el recurso de foco selectivo es primordial para forjar entramados entre personajes moralmente cuestionables, como deberían serlo, siempre, al menos en el caso del cine. Una maravillosa cronología, sin fechas obvias, atestada de indicios televisivos.

Huelgas ferrocarrileras, huellas socialistas (importante resaltar la secuencia de cama, en el relato primigenio, con todos sus elementos a escala de grises, incluida una bandera con la hoz y el martillo, a excepción de la piel de los apasionados protagonistas y los flamantes labios rojos.) cuadros guadalupanos, terremotos citadinos; elementos de una problemática crónica arquitectónica.

Los cortes son sutiles, nos perdemos entre las ventanas, los amaneceres, el cierre de las puertas, los truenos; no existen los separadores agresivos, al contrario, reina el sentido común en pro de la continuidad. De guarida insurrecta a medio adecuar, pasamos a casa conservadora con la luz a todo lo que da, solo para cederle el lugar a amantes desenfrenados que rondan las tinieblas y la secrecía.

Hay erotismo en todas las historias:

Reflejado en las secuencias con lencería y cambios de vestuario frente al espejo, en los retoques de maquillaje, en la amante que pinta los labios del esposo infiel mientras reposa los muslos en sus piernas, en la caída natural de los pechos cuando son despojados de los sostenes y, claro, en las coreografías amatorias de recámara.

Elipsis que perduran en un lugar abarrotado de sueños, dolencias y frustraciones. El culmen de cada anécdota se encuentra ataviado con antifaces de sexualidad femenina, de cruel rompimiento de pactos maritales, corazones solitarios, bañeras suicidas y radios/tocadiscos fermentados en sus transistores con The Beatles, Santa Sabina, la voz de Saúl Hernández y los dedos legendarios de Sax.

Agustín Lara en la televisión, palomas de la paz en tiempos de guerra campal estudiantil (que son parte de los síntomas estructurales del cáncer político), infancias que duelen anidadas entre abusos y despertares ilícitos, desnudez, sexualidad malentendida llevada a la práctica interrumpida.

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“Ciudad De Ciegos” (1991)

En fin, los detalles son inabarcables porque “Ciudad De Ciegos” (1991) de Alberto Cortés tiene la gracia de una garza.

La gracia le ayuda al filme a descender siempre a terrenos histriónicos, como aquel monólogo de la amante despechada que prefiere su dualidad incomprendida (del ruego entre llanto al levantamiento enervado) antes que vivir inexpresiva o la melancolía impresa en muchas de las protagonistas, que auxilian a que las historias compaginen siempre con el carácter orgánico del cotidiano surrealismo mexicano.

Los personajes se observan una decena de veces en el espejo, pero se retiran, cegados, ante la presencia de sus propias zonas indecentes, que salen en los peores momentos, socavando todo manto exterior impoluto. Temen/tememos a la profundidad y lo que esta puede desenterrar, pero siempre estamos acompañados de aquellos reflejos en el espejo, de otros tantos que han experimentados los mismos terrores incontenibles.

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“Ciudad De Ciegos” (1991) POSTER
Poster Oficial de “Ciudad De Ciegos” (1991)

No hay que perder “Ciudad De Ciegos” (1991), cinéfagos.

Con la participación silenciosa de José Agustín tras bambalinas. Y la aparición de noveles Roberto Sosa, Luis Felipe Tovar, Silvia Mariscal, Blanca Guerra, Arcelia Ramírez y Zaide Silva. Entre otros, que arman un maravilloso cuadro de finura a voces, perfilado a hablar desde la crudeza por la necesidad infame de contar un legado trágico.


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