Una Pura Formalidad – Reseña

Una Pura Formalidad – Reseña

Como observaremos en “Una Pura Formalidad” (1994); uno de los grandes méritos del séptimo arte es el poder desarrollar a través de determinados productos y desde la imagen y los criterios narrativos diferentes lo conocido como subjetividad.

Aquella percepción y valorización personal y parcial sobre un asunto, idea o pensamiento, genera una sensación de reflexión, análisis y crecimiento que sin dudas nos conduce inexorablemente en el camino del crecimiento personal, de la construcción de un criterio propio. Este trabajo, “Una Pura Formalidad” (1994) está plagado del adjetivo tan simbólico.

“Una Pura Formalidad” (1994)

Desde la diferente narrativa que propone su director y guionista, aquel que logró con la simpleza emocionar y movilizar fibras íntimas en la mayoría de sus obras; el gran Giuseppe Tornatore, se introduce aquí en un campo diferente.

Constituyendo la más atípica de sus obras, y de forma sorpresiva y sorprendente a través de realizar una historia casi Kafkiana; de bruma y agobio, fuera del mundo de las emociones más humanas para explorar las condiciones de la psiquis más severas.

La historia nos muestra el devenir de un famoso escritor que no ha publicado nada en mucho tiempo y es detenido por la policía en una noche tormentosa.

Sin identificación y con lagunas de memoria, es sometido a un duro interrogatorio por un inspector que, pese a todo, es un gran admirador de su obra.

Entre los caminos del thriller psicológico; el drama existencial sumado a condimentos fantásticos y metafísicos; la desmitificación de los ídolos y las crisis de creación.

“Una Pura Formalidad” (1994)

Nos encontraremos con un protagonista que posee reminiscencias al personaje total que generó John Turturro en la inmensa obra de los Hermanos Coen, “Barton Fink”. Abordando una crisis en lo personal y el síndrome de la “hoja vacía” que va limitando a un afamado de las letras; para profundizarlo por otro sendero, el no explorado y el tan temido.

El desarrollo de la narrativa presenta una extremo desasosiego que armoniza con el estado cognitivo-emocional del escritor de modo casi simbólico; un Quijote en plena y franca lucha contra aquellas situaciones que acucian y urgen en lo más profundo de su ser.

En “Una Pura Formalidad” surgen pistas y alta confusión a lo largo de la narración.

Personajes que secundan a los protagonistas que generan un misterio y una dureza dramática importante. Desde un planteo del gato contra el ratón, situando trampas mentales desde el proceder de un particular comisario hacia un rehén explicito; casi amnésico y perturbado en aquel destacamento policial de arquitectura similar a un castillo. Similar a un claustro moderno, perdido en la inmensidad de un pueblo desconocido y atemporal.

Gerard Depardieu

Su director Giuseppe Tornatore arranca la obra “Una Pura Formalidad” con uno de los más agobiante y contundentes comienzos de la cinematografía.

La pesadilla tiene curso de modo lento, generando un tópico de confusión permanente desde imágenes perfectamente montadas en un trabajo que va desarrollando giros argumentales insospechados; en cambios de perspectiva y en diálogos concisos, opacos o reveladores según el caso casi siempre punzantes. Por secuencias brillantes siempre acompañadas de silencios elocuentes, dobles intenciones o alusiones veladas.

El montaje del film “Una Pura Formalidad” es parte fundamental en momentos de hacer visual el grado de opresión psicológica del escritor.

Y la música, pieza clave para adentrarnos en un conflicto de suspense, generada por el artificio maestro y tangible del gran Ennio Morricone; quien toma dimensiones inmejorables en este abismo cerebral hecho película que posee un final extraño, digno para el diálogo y el análisis.

Gerard Depardieu

Dos titanes capitanean el film.

El gran Roman Polanski, que no solo demuestra ser un grande como cineasta; sino que a través de personificar el rol de un policía sin nombre que se hace llamar “Leonardo Da Vinci” genera una muestra actoral única e impactante.

Y Onoff.
El que prende y apaga.
Un singular artista en la debacle límite de su existencia.

Gerard Depardieu constituye tal vez una de sus más importantes labores, caminando por límites muy finitos, delgadas líneas que no pueden sostener todo el peso de sus matices morales, recuerdos y procederes.

¿Un ángel o un demonio asesino?

Como las verdades son reveladas y como transitar por fatídicos recuerdos, experiencias traumáticas, y salir ileso de tamaña contienda?

Todo eso se encarna en el disímil escritor.
Allí, en la antesala de una vida mejor.

La vida es solo un sueño, sostenía el héroe Calderón.
Y los recuerdos, es lo único que nos sostiene en la trascendencia.

Sin penas, ni olvidos.


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